Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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mediata venganza.
--Un servidor respetuoso --añadió Fouquet cayendo de hinojos.
El rey tiró su arma, y el ministro se acercó a él, le besó las rodillas, le tomó cariñosamente en brazos y di-
jo:
--¡Oh rey! ¡oh hijo mío! ¡cuánto debéis haber padecido!
Luis, recobrado por el cambio de la situación, miróse a sí mismo, y, avergonzado del desorden de sus ro-
pas, corrido de su locura, abochornado de la protección de que era objeto, retrocedió.
Fouquet no comprendió aquel movimiento, ni que el rey, en su orgullo, nunca le perdonaría el que hubie-
se sido testigo de tanta debilidad.
--Venid, Sire, estáis libre --dijo el superintendente.
--¿Libre? --repuso el rey. --¡Ah! ¿me devolvéis la libertad después de haber osado poner sobre mí
vuestra mano?
--Sire --repuso Fouquet indignado, vos no decís lo que sentís; vos no creéis que en esta circunstancia
sea yo culpable. Y sucinta y calurosamente el ministro contó al monarca toda la intriga de que el lector ya conoce los de-
talles.
Durante el relato, Luis sufrió las más horribles angustias, y, una vez Fouquet hubo terminado, la magni-
tud del peligro que había corrido le conmovió todavía más que la importancia del secreto relativo a su her-
mano gemelo.
--Señor Fouquet --dijo el rey, --eso del parto doble es una mentira, y no puede ser que hayáis sido víc-
tima de semejante impostura.
--¡Sire!
--Digo que no puede ser que se sospeche de la honra y de la virtud de mi madre. ¿Y vos, mi primer mi-
nistro, no habéis castigado ya a los criminales?
--No os ofusquéis, Sire --repuso Fouquet. --Reflexionadlo bien; el nacimiento de vuestro hermano...
--No tengo más que uno, el duque de Orleans, a quien conocéis como a mí mismo. Os digo que hay
conspiración, empezando por el gobernador de la Bastilla.
--Sire, Sire, el gobernador de la Bastilla ha sido engañado como todo el mundo, por el parecido del
príncipe.
--¿El parecido? ¡Queréis callaros!
--Con todo eso es menester que Marchiali se parezca grandemente a Vuestra Majestad para que todos se
engañen --repuso Fouquet.
--¡Locura!
--No digáis eso; Sire; el hombre que se muestra dispuesto a arrojar la mirada de vuestros ministros, de
vuestra madre, de vuestra servidumbre, de vuestra familia, debe estar muy seguro del parecido.
--En efecto --exclamó el rey. Y ese hombre ¿dónde está?
--¿Dónde sino en Vaux?
--¡En Vaux! ¿Y vos consentís que permanezca en Vaux un hombre tal?
--Sire, he creído que lo más apremiante era librar a Vuestra Majestad. Cumplido este deber, haré lo que
el rey me ordene.
--Concentremos tropas en París --dijo el monarca, después de unos instantes de reflexión.
--Ya están dadas las órdenes al efecto --contestó Fouquet.
--¿Las habéis dado vos? --exclamó el rey.
--Para esto sí, Sire. Antes de una hora Vuestra Majestad estará al frente de diez mil hombres.
Por toda respuesta, el rey tomó con tal efusión la mano del superintendente que se veía cuánta descon-
fianza había conservado hasta entonces hacia el primer ministro, a pesar de la intervención de éste.
--¿Y con los diez mil hombres --prosiguió el rey, --vamos a sitiar, en vuestra casa, a los rebeldes, que a
estas horas deben haber ya tomado posesión de ella y tal vez atrincherándose en ella.
--Me admira de que tal sucediese.
--¿Por qué?
--Porque he desenmascarado a su jefe, el alma de la empresa, y a mi ver ha abortado el plan.
--¿Vos habéis desenmascarado al supuesto príncipe?
--No, Sire, ni siquiera lo he visto.
--¿A quien, pues, habéis desenmascarado?
--El jefe de la empresa no es el desventurado usurpador; éste sólo es un instrumento destinado por toda
su vida al infortunio, lo conozco.
--¡Sin remisión!
--Es el padre Herblay, obispo de Vannes.
--¿Vuestro amigo?
--Lo fue, Sire --replicó con nobleza el superintendente.
--Es una desgracia para vos --dijo el rey con menos generosidad.
--Mientras estuve ignorante del crimen, Sire, tal amistad nada tenía de deshonrosa.
--Era menester preverlo.
--Si soy culpable, Sire, me pongo en las manos de Vuestra Majestad.
--No es eso lo que quise decir, señor Fouquet --dijo el rey, disgustado de haber dado a conocer la mala
disposición de su ánimo; --lo que quise decir es que a pesar de la máscara con que el miserable Herblay se


 

 
 

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